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Presentación de La era del consumo, de Luis Enrique Alonso
12/12/2005
El libro La era del consumo, de Luis Enrique Alonso, Catedrático de
Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, fue presentado el pasado 12
de diciembre en la librería Rafael Alberti, de Madrid.
En sus palabras de presentación, José Miguel Marinas, Profesor titular de
Ética y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid comentó:
"Porque, más allá del propósito y el logro de una revisión crítica de la
urdimbre de la sociedad del consumo de masas, aquí late una intención
política. La postulación y la búsqueda de una ética de lo político
aparentemente imposibilitada por la facticidad de la cultura del consumo.
¿Cómo reivindicar los valores de justicia, de equidad, de una manera
concreta, más allá de su tufillo democristiano o neoliberal, al que parecen
haber quedado reducidos en el discurso dominante? Pues, como hace Luis
Enrique Alonso, encarando el desajuste básico de nuestras sociedades. No se
trata de segmentos anómalos sino de una estructuración violenta y que hace
violencia, entre la cultura del simulacro y el vaciamiento de lo político".
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Texto íntegro de la presentación:
La era del consumo de Luis Enrique Alonso
Por José Miguel Marinas, Profesor titular de Ética y Sociología de la
Universidad Complutense de Madrid
Este es un acontecimiento. Precisamente porque se trata de un libro.
Precisamente porque nos reunimos en esta librería que es un templo laico de
los saberes que se transmiten y se comparten con nombre propio. Precisamente
porque seguramente el gesto más generoso de quien escribe - y Luis Enrique
es, sobre todo, generoso - radica en convocar a los amigos para
presentarles el fruto de mucho trabajo solitario, de mucha reflexión en
condiciones a veces áridas y de muchas pruebas sostenidas para decir las
cosas de la mejor manera posible. Por eso me pone contento presentar este
libro, La era del consumo, que tiene ese carácter rotundo, sólido, como de
monumento literario, científico. Título redondo que reverbera y se abre en
círculos concéntricos hasta tocar la vida cotidiana de manera lúcida y
cabal.
Todo esto se debe a la versatilidad del autor que nos convoca, nos reúne,
nos agita. Versatilidad que le lleva a estar escribiendo en varios frentes a
un tiempo - además de coordinar tareas académicas, dictar conferencias y
cursos, inclusive en el mero México - escribiendo variado y como por
adelantado a lo que luego, tanto el mercado como la academia, van a ir
roturando con parsimonia y redundancia. Luis Enrique va por delante y
escribe en este libro su novela familiar. El reverso de su linaje. La trama
de un proceso de formación ( déjenme que diga de Bildungsroman, como para
justificar estudios) Por eso tiene tanto interés seguir de cerca el
despliegue de sus categorías. Porque ese mundo del consumo de los cincuenta
y sesenta en el que se cierra y se satura, también para los habitantes de la
España del franquismo, un escenario de bienes, signos, fetiches y simulacros
tempranos que fue componiendo un espacio político nuevo. Una realidad
indudable en la que los dichos de los autores que en el libro son tratados,
comentados críticamente y que posibilitan un discurso propio, el de Luis
Enrique, tales dichos tienen su correlato en la realidad que hemos vivido,
sin saber decirla del todo. Y ahora precisamente se ilumina con este libro.
Con el proceso de reflexión que este libro abre. Porque es un libro para
trabajar con él, para arrimar tanto procesos como autores.
Así que, como vemos, las cualidades del libro, las cualidades del autor, las
cualidades del contexto y las cualidades del proyecto, como él nos muestra,
son cuatro planos tramados entre sí. Y yo me limito a apuntar algunas de
dichas cualidades.
Las cualidades del libro, las cualidades del autor
Sin hacer una reducción biográfica, que nos apartaría del verdadero valor
del contexto - no podemos decir que se trata de la historia hegeliana de un
vecino de Canillejas, aunque de ello mucho hay y no sólo en la hermosa y
contenida dedicatoria - podemos decir que este libro recorre los principales
hilos de bastidor de nuestra historia. La de cada uno de nosotros.
La intuición más profunda de este libro radica, a mi entender, en suponer un
carácter central a los procesos del consumo. Por dos vías muy bien trazadas,
a mi entender. Por un lado como que cultural o ideológicamente tales
desarrollos se aíslan y se consolidan como figuras propias, como
desconectadas de los procesos de producción, o de improductividad, de la
gran exclusión en que consiste el mundo de hoy (como decía Vázquez Montalban
en su texto sobre El Gran Consumidor: sólo se refiere este consumo al diez
por ciento de la humanidad) . Por otro como que cultural o ideológicamente
se convierte en la gran metonimia, en la parte que pretende cubrir el todo:
todo es consumo (como aquella epistemóloga llamada Marifé de Triana que en
su Torre de Arena proclamaba: todo es mentira / todo es quimera / todo es
delirio del corazón), sin percatarse - por el maldito subjetivismo
enamorado - de que estaba construyendo una de las mejores definiciones del
mundo moderno cuando este es invadido y conquistado por la llamada pauta del
consumo de masas.
Aislamiento y totalización, he aquí dos figuras que Barthes, uno de los
autores tratados en este recorrido por las voces críticas del llamado
consumo de masas ( a la europea) , le atribuía a los procesos de formar
espacios para vivir, formarlos políticamente de manera apenas perceptible,
con palabras, con textos, con prácticas legislativas. Eso es lo que llamó el
discreto bayonés logotesis: crear espacios vitales con fábulas. Eso es la
era del consumo. Cómo un entramado de representaciones, producidas por el a
la fuerza ahorcan de instituir mercados, invadir los existentes, apretar
clavijas simulando en todo caso acercarnos el llamado confort, cómo esa red
crea un mundo que se ve a sí mismo como poderoso e inagotable.
Luis Enrique, que tanto sabe de primera mano acerca de los procesos
socioeconómicos (de los que tanto ha escrito y bien) que configuran este
momento mundial, esta era, prefiere en este caso recorrer algunas de las
voces principales, de los críticos de la sociedad de consumo. Pero no lo
hace desdibujándose a sí mismo para decir que hablen ellos, sino que los lee
(no en vano su sigla es LEA) y los conduce a una estrategia de argumentación
brillante y original.
Y sobre todo entra en este sólido y bien narrado recorrido, tras haber
trazado el mapa de los itinerarios y procesos. La crítica al individualismo
metodológico, convertida en denuncia concreta de una realidad solidificada
en la calle, en virtud de la tenacidad ideológica de microeconomistas
individualistas o de psicosociólogos conductistas, disfrazados apenas de
congnitivistas.
El desmontaje de la construcción ficticia, despolitizadora de un sujeto del
consumo (en realidad de la compra, y ni siquiera) individual, como piedra
berroqueña del análisis de la sociedad de consumo, le dura a Luis Enrique
menos de un capítulo, precisamente porque lo tiene muy trabajado y muy
cuidadosamente contado. Ese es uno de los rasgos de este libro, que es
maduro en el sentido más fibroso del término, más ágil. Es un volver a pasar
más despacio por algunas esquinas de los procesos de consumo, en el tiempo
en el que se producen dos operaciones que no son de este período tratado
(entre los treinta y los noventa, por redondear) pero sí se marcan de modo
aparentemente irreversible: la masificación y la exclusión.
Individuo y masa nacen juntos y son el haz y el envés de una operación más
dura y más terrible: la desarticulación, el desarraigo de los sujetos
sociales hasta tratar de lograr - esa es una de las advertencias más
radicales del libro - hasta tratar de hacer un mercado sin sociedad.
Ese el otro proceso recorrido junto con la masificación, es de la
distribución, la fascinación de la fuente Castálida, el mundo de Jauja, que
forman los grandes almacenes, los lugares que ahora llamamos ya por
antonomasia "grandes superficies". Y frente a ese icono tremebundo: el mundo
como supermercado, no queda más remedio que contemplar tanto a quienes
entran y pasean, como en la Vaguada que vimos nacer (niños y abuelos) como a
quienes pegan la napia contra el escaparate para ver cómo hacen caja dentro
(eso contaba Benjamin, como sabemos, de los almacenes Le Bon Marché, del
XIX).
El interés mayor, a mi juicio, radica en articular la lectura de autores que
han vivido y expresado críticamente, con originalidad aún no agotada, las
vetas más importantes de la cultura del consumo en su fase de la pauta de
consumo de masas más allá del fetiche, es decir en la llamada cultura del
simulacro.
Todos ellos, empezando por una muy inteligente y necesaria recuperación de
Goblot, al que König mismo incorpora en sus trabajos sobre la moda, pero
también Bourdieu, Barthes, hasta llegar a Baumann son pensadores que
observan e investigan el detalle de los hábitos, de pas nuevas prácticas
sociales. Aquellas que, como el cine de Jacques Tati muestra bien, están
entre las fiestas patronales de la Francia de posguerra y la llegada de los
primeros aparatos domésticos que fueron convirtiendo las casas nada menos
que en inteligentes. Con la consiguiente y paulatina irrisión que en
aquellas películas como MI Tío o Play Time nos hacían reír a carcajadas,
para advertir con estupor que la naturalización del simulacro, del artefacto
que tiene como se dice vida propia, tiende a gobernar hoy nuestras vidas sin
que la risa aparezca por lado alguno: más bien la sensación de estar en
manos de una burocracia de la máquina, del procedimiento, del "soy Ismael de
la Gándara, en qué puedo servirle".
Las cualidades críticas de los autores elegidos como interlocutores son
básicas y son esclarecedoras.
Si seleccionamos las más importantes de los pasos que va dando el libro nos
topamos con la reelaboración del concepto y modelo de estilo de vida, con la
relectura del mito barthesiano, con los alcances globales de la
mundialización y de la exclusión.
Pero no se me oculta que este libro nos invita a una reflexión política.
Como dije hace tiempo no hay sociología del consumo sin una sociología
política . Por los procesos en sí, no por arrimar materias. Y ese es el
programa que abra el libro.
La cualidades del programa
Acabo llamando la atención sobre el carácter no sólo de recorrido crítico,
sino realmente programático, que esta obra tiene. Porque, más allá del
propósito y el logro de una revisión crítica de la urdimbre de la sociedad
del consumo de masas, aquí late una intención política. La postulación y la
búsqueda de una ética de lo político aparentemente imposibilitada por la
facticidad de la cultura del consumo. ¿Cómo reivindicar los valores de
justicia, de equidad, de una manera concreta, más allá de su tufillo
democristiano o neoliberal, al que parecen haber quedado reducidos en el
discurso dominante? Pues, como hace LEA, encarando el desajuste básico de
nuestras sociedades. No se trata de segmentos anómalos sino de una
estructuración violenta y que hace violencia, entre la cultura del simulacro
y el vaciamiento de lo político.
El desajuste se consolida de manera virulenta cuando coexisten en nuestras
vidas un régimen del simulacro que deriva a lo virtual, como último modo (el
mercado es la configuración de la política) y a la vez la carencia, el
vacío, la demanda de un vínculo social éticamente fundado.
Ante esta situación compleja ¿cabe postular una recuperación de lo político
como escenario de debate y consenso, como construcción?. Me pregunto si ante
estas tensiones aporta algo la tríada conceptual de Claude Lefort. Aquella
en la que define lo político como la mise en forme - configuración de lo que
por ahora resulta amorfo - , la mise en sens - atribución de sentido a lo
que ahora es caótico y la mise en scène - escenificación de lo que por ahora
es impresentable, inimaginable, porque hemos prohibido que exista en la
ciudad, en la calle, en la casa. Lo político no es una parte sino la
configuración de lo social en un momento dado.
Pero , ¿cómo se puede configurar, dar forma, poner en la calle lo que está,
por así decir, velado, acotado, ahormado por los signos del consumo?. ¿Cómo
"por debajo" de los intercambios que aplican la maximización de
costes-beneficios (forma cuantitativa del valor de cambio) o la optimización
de equivalencias de prestigio, status, poder (forma cualitativa del valor de
cambio) se puede rescatar un sentido del vínculo social que no lleve a la
fruición compulsiva o a la exclusión?
Podemos decir, con tantos especialistas que siguen los razonamientos de la
vida en la polis, que esa forma de nexo está legitimada bajo el nombre de la
política: una esfera de la vida, entre otras, que no se libera de lo
domesticador de las formas y signos del mercado. Y este enunciado pretende
ser conceptual y no - prima facie - moralista o crítico. Si consideramos los
procesos políticos, de la política, su carácter y su lógica interna regida
por el principio de la maximización, por el logro de metas y el
mantenimiento de pautas (la conquista y conservación del poder, de las
formas de control e influencia), vemos que son canalizados mediante las
formas comunes representación, es decir de construcción de imágenes de
liderazgo, la potenciación de las cualidades del líder, del programa, del
espacio ideal, del conjunto social, según los registros de la moda. La
determinación semiótica de la lógica del signo-mercancía sin el que los
vínculos políticos, cívicos, pareciera que no pueden darse a conocer y a
vivir.
¿En qué se basa la vinculación política, la que es capaz de implicar en el
proceso de configurar nuevas y urgentes formas de vida, más allá del votar o
no, ganar o perder elecciones, aprobar o no presupuestos?
El rescate de lo político y la lógica del don
La duda que nos asalta, entre otras, es si resulta posible - más allá del
esta afirmación de la polis, en la que los signos no decaen en su
formalismo, sino que abren - como la logotesis barthesiana - a nuevas formas
de vida no hechizada, sino justas.
La tarea, que aquí se esboza, en el que coincido con el autor de La era del
consumo, tiene que ver con el desplazamiento de un discurso importante - el
de la llamada ciencia política, e incluso de algunas corrientes de la
filosofía política, de corte utilitarista, para entendernos - hacia otro
terreno: el de la ética, la fundamentación ética del vínculo social en las
polis contemporáneas.
Desplazarse de lo fáctico a lo ético, se puede objetar, no arregla de por
sí los problemas urgentes, pero debemos convenir en que puede contribuir a
no consagrar como algo natural lo que ocurre.
La línea de pensamiento crítico va de la consideración de la lógica del
mercado como opuesta a la lógica de la política a una más matizada
articulación de lo que es ética del intercambio a otra dimensión vincular a
la que podemos llamar ética y lógica del don.
Esta consideración - la que opone lo económico y lo político - se mantiene
en un plano superficial, como el que pretendería que existe una real
oposición entre estado y mercado sin más aclaraciones que las diferencias en
el orden institucional o jurídico. Hay más lazos superficiales y latentes de
los que el liberalismo renovado pudiera establecer.
En efecto, una conexión queda esbozada en el aspecto del cierre en el
signo-mercancía, tal como hemos recorrido. Pero también cabe el nexo por el
reverso de ambos planos: si vemos que además de la lógica del mercado, la
conversión de todo signo en mercancía, se dan formas que pertenecen más bien
a lo que desde Marcel Mauss llamamos la ética del don. Esta en su estructura
básica postula un vínculo que sigue este itinerario: a) la disponibilidad y
obligación de recibir, b) la obligación de corresponder, c) la obligación de
superar lo recibido. Mirar así lo político y sus signos abiertos supone
postular al otro no sólo, ni principalmente como sujeto de intereses, sino
como interlocutor, en un sentido fundante: del debate (análisis, revisión de
principios, racionalización de lo no dicho y sus barreras, etc.) pueden
salir configuraciones de la polis más fundadas que en aquellos discursos en
los que no se postula más dimensión que el cálculo "microrracional" de
intereses individuales.
Considerar que el vínculo social, en su dimensión ética - no fáctica sino
en su plano normativo, regulador - está regida por la lógica del don,
implica explorar más a fondo el por qué y el cómo el nexo social no
encuentra cemento suficiente en los juegos de todos ganan, o en los esquemas
que postulan una voluntad de poder en la forma en que ello se postulare
(desde el neodarvinismo a las formas más "apolíticas" en apariencia, de la
penetración del mercado y su lógica en la vida cotidiana: la "dictadura del
consumo y de la moda").
La postulación de un vínculo social éticamente orientado (lo que quiere
decir abierto, capaz de revisión y autocrítica, no ocupado por nadie de
manera dominante ni perenne) implica dos vías que, a mi juicio, se
complementan: una es de orden semiológico, otra de orden político.
La vía semiológica implica el desmontaje de la doctrina del
signo-mercancía. Es decir supone la apertura a lo que antaño se llamó la
productividad sígnica, o - si no queremos retomar un término tan cargado -
dicho de otro modo, el seguimiento de los procesos sígnicos, que abarcan más
que la conexión entre planos sgte/sgdo, que implican más que una teoría del
texto, y que saben que el lenguaje está hecho también para mentir ( Eco). Me
refiero a la vía que trata los fenómenos sígnicos en el mercado como
jeroglíficos. El término es bien clásico, la práctica quizá no tanto. Pues
considerar, objetos, anuncios, sujetos, espacios como jeroglíficos es
incorporar en su lectura la dimensión de lo no consciente, la evidencia de
que no todo se cifra y no todo se da a descifrar. Pero mientras tanto cabe
proponer planos de articulación y de distorsión, más allá de lo conveniente
mercantilmente correcto. Esto vale par anuncios publicitarios de producto,
de marca, de institución, de corporación.
La vía política supone ampliar la concepción del espacio de la polis, y
reconocer que la formación, intercambio y recepción de signos no es la mera
demanda de un stock de signos que legitiman el orden de los poderes
existentes. Lo político cuestiona precisamente la rutina hecha signos
"naturales" que forma parte de la vida política. Es decir que acotan la
esfera de la política como práctica especializada, que impide los
cuestionamientos de fondo a cargo de los sujetos de la polis, que no se dan
por contentos con los signos del marketing político, que desplazan y ponen
en solfa lo que se presenta como lugar común como si la realidad fuera
incuestionablemente así. Lo político, así entendido, como actividad que a
nadie excluye, exige un cambio de perspectiva: va a cuestionar lo que nos
une, lo que nos vincula, en fundamento ambiguo de nuestro difícil pacto
social. Trata de revisar lo autorreferencial de los nombres con que
etiquetamos la vida de la ciudades y los territorios. Practica la sospecha
de que la identidad, lo estático puede ser reductor, engañoso. Sugiere
recorrer cómo se forman las identidades precisamente a través del camino de
sus distorsiones. Como lo normal, decían los clásicos, no es sino el
conjunto de rodeos por las anomalías.
Lo político, esta perspectiva que enuncio - y que Lefort, Arendt, Esposito
entre otros, nos enseñan a recorrer - nos invita a ver la verdadera cara de
lo etiquetado como la era de lo virtual, con todo el aplomo y la pereza
intelectual. Detecta que lo político siempre se establece desplazando
espacios virtuales previos que se han consolidado como lo natural, como lo
real. Esta semioclastia - si me dejan que retome palabras de antaño - este
desmontaje de lo evidente-bobo, no se queda mirando al rey desnudo ( que ya
sería saludable ante, por ejemplo, las campañas de publicidad de automóviles
en las que se afirma con voz engolada "El tiempo y el espacio NO EXISTEN")
sino que convoca a una tarea más: genera discursos que se pretenden fuera
de la moda, que retoman las preguntas arrebatadas a los sujetos de la polis,
a veces por el mero hecho de que la llamada agenda mediática dijo que ese
tema ya no interesa. Cuestionan lo que se deja incluir y lo que se excluye,
el reparto de roles y de atribuciones que conllevan (del mal / del bien) y
que cambian según criterios aparentemente misteriosos (nuestro eterno
"hombre de confianza" según la lógica utilitaria es ahora nuestro "enemigo
metafísico, teológico").
No sólo pretende desmontar, sino que implica más bien una práctica de
logotesis (construcción de espacios y sujetos y atribuciones nuevos). Este
término que, como acabo de decir, Barthes puso en circulación con el
propósito de explicar la obra de Sade, Fourier e Ignacio de Loyola, y que
nos viene bien, a mi juicio pues aúna los dos sentidos: lo político y la
distorsión del signo-mercancía.
No excluye lo banal para postular una ética exenta, que nunca peca, ni
siquiera de demodé. Más bien lo recorre, pues la metafísica que clausura y
funda las distorsiones, está entre los pucheros, quiero decir entre las
telenovelas, telediarios, teleconferencias. Nada más virtual que lo que
afirmamos como la "verdadera realidad". No por razones ontológicas. Sino por
intereses de los fabricantes de signos, de mercancías, de vinculaciones, de
dependencias.
Otros signos son posibles. A condición de no pasar por alto los cierres de
estos.
Por eso me alegro de esta ocasión de lectura, reflexión y debate que nos
brinda generosamente Luis Enrique Alonso.
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